Nos pasamos la vida buscando un hueco en el mundo, un síntoma de pertenencia (ya sea una sonrisa de aprobación, una palmadita de aquel al que consideramos superior o la simple ausencia de crítica), algo por con lo que dotar de sentido a nuestra forma de actuar pese a que normalmente vaya en contra de nosotros mismos.
Hemos aprendido a vivir en un mundo de cuento, donde los malos son los buenos y los buenos se tienen que callar. Lo diferente es "raro", lo inteligente "friki", lo sentimental "irracional"... y así seguiría la lista.
Hemos aprendido a aceptar "lo que está bien" y a agachar la cabeza, obedientes, para no ser expulsados de aquello a lo que llamamos "grupo".Si te rebelas eres un subersivo y si crees en ti eres un flipado.
Nos enseñan desde pequeños a negar todo aquello que somos, a aceptar como nuestro lo que otros han elegido como bueno y pocas veces nos preguntamos si eso es realmente bueno para nosotros.
Ya nadie se atreve a ser uno mismo, pasear por cualquier parte se convierte en un desfile de bonitas ( y dolorosas) caretas, cada cual más llamativa para ocultar lo que se esconde debajo. Ya no existen locuras, ni "años locos". No nos fiamos de nosotros mismos, y mucho menos de los demás. Nos aferramos a la gente como si fueran el último ancla para salvarnos y eso es precisamente lo que nos hace perderla. Malgastamos nuestra vida con el miedo permanente al que dirán, al que pensarán si me muestro tal como soy.
En el fondo nos acabamos creyendo nuestra careta y pensamos que somos felices mientras nos acostamos pensando en todo aquello que no tenemos ni nos atrevemos a conseguir por miedo (esa persona, trabajo o cualquier otro anhelo profundo) y nos tapamos con la sábana hasta la frente pensando que la oscuridad o el sueño se llevarán esos deseos y dejarán a nuestra pequeña mentira seguir su curso para vivir lo que nos imponen como "felicidad" (esa falsa felicidad definida como ausencia de problemas).
Yo aprendí otra cosa, la felicidad no se tiene: uno no es feliz, uno consigue ser feliz un tiempo y vuelve para abajo. Es una continua lucha, pero es la que nos permite sentir.
Matamos a Bécquer, vivimos del cuento, nos encanta Gran Hermano y nuestros cuadros son borratajos... Creemos haber eliminado el dolor habiendo eliminado la lucha y lo que hemos hecho ha sido rendirnos.
Quiero querer, quiero reír y, por supuesto, quiero tener problemas (amo tener problemas) para poder seguir, para poder luchar y, quizás, equivocarme y ser feliz.
No más imposiciones, nadie que me diga cuando reir y cuando callar. El silencio ha desaparecido pero tampoco nos atrevemos a gritar, vivimos en la mediocridad y mientras seguimos viendo fotos de épocas pasadas, recordando momentos en los que no nos importó luchar por algo y encerrandonos una vez más en deseos inalcanzables por nuestra cabezoneria y nuestro miedo.
Cualquier tiempo pasado fue mejor y nos conformamos con ello.
This monkey's gone to heaven...
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario